En la oscuridad de la noche subo al cielo del edificio, enciendo un cifarro que se no me voy a fumar.
Es que la ansiedad es tanta, pero siempre odie su asqueroso sabor. Siento que desde aquí, desde la quietud, la adrenalina de la falta de seguridad en los límites, la inmensidad, podré pensar mejor.
Me siento para acomodar el mareo de la altura y mis pensamientos revueltos, miro al cielo y vuelvo a odiar esta ciudad una vez más por no poder ver las estrellas. QUE ASCO! es lo que más extraño dentro de la quietud. Menos mal, aun se pueden ver los juegos de colores al atardecer con las nubes. Son el pedazo de fantasía en mi angustiante, poco novedosa vida.
Quiero que todo se acabe pronto, quiero mirar la inmensidad y no ver miles de luces agotadoras, sino ver la belleza de las estrellas.
Llevo tanto tiempo aquí, reflexiono mientras apago el cigarro que no toqué, la pena, como el año pasado, me está ahogando, como mierda le gano!
Ahora las cosas han cambiado mucho, pero aun así, esa sombra que con los colores de la tarde llega, me encuentra todavía